París, un fin de semana cualquiera. En una pequeña calle del barrio de los Quinze-Vingts, en la orilla derecha del Sena, una mujer yace estirada sobre los adoquines boca arriba. Sería un caso perfecto para el comisario Maigret si no fuera porque hay muchas más personas como ella. Así que el imaginario cultural del observador salta de las novelas negras de Simenon al cine de catástrofes. ¿Será algún desastre apocalíptico? ¿Un virus masivo, quizás? La verdad resulta mucho más sencilla y acorde con los tiempos que corren: son los efectos causados por Instagram.

La coqueta y peatonal Rue Crémieux, con su hilera de casas pintadas de colores pastel y sus plantas a pies de calle, se ha visto invadida por miles de turistas que buscan captar con sus móviles una foto que triunfe en la red social. Pero no por original, sino por repetitiva, como si los usuarios tuvieran que desbloquear toda una serie de logros para ser considerados buenos ‘instagramers’. Antes se decía que no podías irte de la capital francesa sin visitar la Torre Eiffel; en la era digital no puedes hacerlo si no has subido a internet una colorida panorámica de este encantador pasaje.

Podría ser considerado como una afición inofensiva, aunque, de hecho, no es así. Porque sí que causa perjuicios, especialmente a los sufridos vecinos de Crémieux. Tanto es así que se han movilizado para pedir al ayuntamiento que instale puertas a ambos lados de la calle para impedir la entrada a los no residentes los fines de semana y por las noches, así como en los momentos en los que la luz se muestra especialmente adecuada para conseguir una foto encantadora, como el amanecer y el anochecer. Incluso un vecino ha creado una cuenta en la que deja constancia de todo lo que llegan a hacer los turistas para sacar la mejor instantánea (@clubcremieux).

La primera reacción puede ser la crítica severa a todos aquellos que viajan con el móvil en la mano, dispuestos a no dejar sin retratar hasta el más nimio detalle, para luego cosechar el mayor numero posibles de ‘likes’ y, con ellos, conseguir que su ego se expanda durante unos minutos. “Malditos millenials”, dirán algunos. Pero cada generación ha tenido sus vicios, como cuando en los años 90 se popularizaron las cámaras de vídeo y los padres de familia se creían Scorsese mientras inmortalizaban la escapada familiar de turno.

No se trata de no fotografiar, de no grabar, de no comentar nada por las redes sociales… Si no de dos cosas bien simples: respetar el lugar que visitas, siendo consciente que el turismo masivo altera el ecosistema urbano (bien lo sabemos en algunos barrios de Barcelona). Y vivir tu viaje con los cinco sentidos, teniendo en cuenta que las experiencias que permanecen en la memoria no suelen llegar a través de ninguna pantalla. Pero, a partir de aquí, a nadie le amargan unos cuantos ‘likes’.

 

Foto: Charlota Blunarova – Unsplash.

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